La Gritona Analfabeta

Laberintos. Laberintos. Laberintos. No hay salida y si pretende haber alguna nunca saldré de la infraestructura de tus sentimientos. Rascacielos terriblemente altos me tocan escalar cuando se te ocurre gritar tonterías a mis orejas. Yo no soy culpable de nada. Muéstrame documentos donde aclaren que yo soy la causa de tu fealdad, de tu flaqueza, de tu piel tan delgada que revela un imperio óseo por debajo de ti. Si deseas gritar, grita con todas las fuerzas del mundo, grítale a fulano, a mengano, al individuo que viene por ti todas las noches después de las seis de la tarde, pero nunca te atrevas a dirigirte a mí con gritos. Que se estén cayendo las hojas de tu árbol genealógico, que tu padre a casa borracho volvió de nuevo, que tu madre se vende por las calles, cualquier excusa es invalida ante mi leal saber. En vez de tener sombra, como todos los demás, cargas una silueta de telenovelas baratas. Gabriel García Márquez se reiría de ti sin compasión alguna. Mira que a mí también me dan ganas de gritar pero con eso de que soy mudo solo tengo la pluma para decírtelo y tú ni lees.

Memorias de Gis

Trazo un rostro abstracto en un pedazo de hielo apunto de derretirse. Me dice mi madre que el agua promete saciar la sed, pero el hielo solo desea ofrecer un puñado de neumonía. Una aurora se arranca del atardecer alrededor del cielo, cuando el cielo aspiraba descender en forma de arroz chino. El pintor pinta con la sangre de un oso polar y se retira a Las Bellas Artes para poderlo festejar. El gis que yace en mis manos abre puertas a otros mundos donde nadie sabrá si seré un adulto o seré un niño salvaje. Correré por encima de tus cuerdas vocales y te hare cantar ópera. ¿Sabías que las uñas de tus dedos son rosas apunto de florecer? Tu cadáver, al descomponerse por completo, será un lindo jardín en el que sembraran flores de todos los colores. Las flores cargan joyas. Si vendes las joyas morirás.

Pétalos Cromados

De tus pupilas corren las llamas del sol; de tu mirada nace el seol, y me quema envolviéndome en un fuego ambarino, tan solo para arder, con el tiempo desfilando lento. Me obsequias la llama eterna del infierno en un simple jugar de miradas. Pasamos por sendas torcidas que al pisarlas: nuestros pasos suenan como las teclas de un piano pequeño de juguete, el cual procrea melodías anochecidas, con la maqueta de acordes siendo tu cuerpo vestido de un cristal abrillantado por las lágrimas del universo. Y este cristal se fragmenta transformándose en un mosaico de espejos sensibles, los cuales reflejan el palpitar de mi energúmeno corazón. Te juro que con el toque de tus manos me volvería frágil, así como una estatua de marfil, hallándome en un punto que puede llevarme a quebrar. Pero te lo imploro que no me hagas romper…no tengo a nadie que junte las piezas por mi…no tengo a nadie que vuelva a reincorporarme de nuevo. Cuando el viento acaricia el pasto con granizo, tú te hundes, y desapareces dejando entre renglones un hechizo de murciélago. Tu ausencia le dispara al centro de mi medula. La felicidad es como el vino que te traiciona en el segundo trago: una vez que te tiene atrapado podrá decidir en cualquier momento abandonarte en el suelo. La gente va a pasar sobre ti. Todo va a correr igual. Nada cambia. Permíteme permanecer a solas. Deseo perderme en el laberinto de las sombras más lóbregas que traerá el mañana.

Da pena.

Estando en la estancia de espera, recordé del por qué Luisa nunca quiso venir a este médico. Es que el hombre es atractivo, y no por menos, parece ser que sabe mover las manos.

Pasando al consultorio, y ver las casi mil mujeres que están esperando ser atendidas, me recuerda del por qué yo vine, y del por qué seguiré visitándolo.

Pasando las horas para que llegue mi turno, insinuo el no estar al pendiente de las otras mujeres, cuales están pendientes de mí. Culaquier movimiento, palabra, respiro, casi cualquier cosa... pero más que nada, el como me vestí hoy. No creo que me haya escotado tanto, pero no se sabe.

Al oír mi nombre, descubro que estoy ansiosa y que necesito verlo con urgencia, como si tuviese un regalo ó sopresa por venir. No lo sé, es sólo un sentimiento que determina que hago o que no hago. No me entenderán, es un nudo de ideas que traigo divagando en mi cabeza.

Al llegar a la última puerta del blanco pasillo, escucho los murmuros que quería oír... está hablando con alguien por teléfono.

Mi momento de entrar...

-¿Sabes a qué vine?
-¿Disculpe?
-Que si sabes a que vine, pregunto.
-¿Una consulta?
-A decirte adiós.
-¿La conozco?

Sí, si es él, lo sabía, tiene las mismas facciones que su padre, no puedo creerlo. Y pensar que este ginecólogo, al que todas consideran como favorito... resultó quien me dejó una vez en paz.

-¿Laura? ¿Eres tú? ¿En verdad lo eres?
-Adiós.

Sí, el fue. Si lo hubiese conocido tiempo atrás, no sé que pasaría. Pero pues, que da la vida, más que vueltas, sólo el pensar que el hizo el análisis final, para que mi record clínico marcase "Hora de defunción" en vez de "fecha de nacimiento."

Mi nombre es Laura, hace seis meses, perdí a mi bebé por una negligencia médica, parece ser que la anestesia hizo que la presión arterial en mi ser, hiciera un estrago del cual, mi bebé se hiciera dependiente de.

-¿Laura? ¡Laura!

Hace seis meses, no podía hablar, no podía caminar... no podía vestirme. Estaba muerta.
Hace seis meses, él, me puso en una cama fría.
Hoy, tengo las de ganar, por honor a mi bebé, y por honor a las demás. No sé si fue en verdad su culpa, pero sólo sé, que fue un milagro, del cual, no fue gracias a él.

-¿Doctor Muñoz? Soy el detective Manuel Poza, queda usted bajo arresto por negligencia y abuso de profesión. Tiene derecho mantenerse callado...

Y de tener pena, de ver como tu carrera se desmorona, por no fijarse en las cosas que haces, con tal de hacer las cosas rápido. Como si la vida de una persona, no fuese suficiente, como para dedicarle el tiempo que merece.

Da pena, pero da coraje. Da pena y coraje, el saber, que casi matas a una persona. Da pena, y da orgullo, el ver que se está haciendo justicia.

De cadáveres y veladoras

Era una mañana como todas, sin embargo, algo había de diferente.
La madre de mi abuelo, recién fallecida, había sido velada por un par de días en el cubículo de la cimbra, justo donde van los polines y las vigas. ¿Cuantos? No lo sé. Sólo recuerdo que no fue uno y que no fueron suficientes tampoco, porque de haberlo sido les hubiera recordado.


Yo no se de espíritus, fantasmas, entes sobrenaturales ni almas vagabundas. Tampoco de cocina, del arte de curtir las pieles o de farmacología.


Los muertos, en cambio, saben de veladoras y de guardar sus almas dentro de llamas que danzan al compás de miedos infantiles (tan infantiles como lo es temerle a lo inerte o a lo que simplemente deja de existir en el plano de la 'realidad').

Y bailan tan llenos de vida que parece una tontería sembrarlos cual flor en el olvido en las fauces de la vida.

Cuando muera no quiero veladoras, siempre he sido pésimo bailarín y el ridículo no viene bien ni siquiera cuando ya no se respira.

La Ira.

Había estado en pendiente, que las mujeres del pueblo empezaran con los adornos para la fiesta. Muy pocos de los adentrados en el campo, sentían alegría por el suceso. La hija de Chava, Sarita, tenía que unir lazos con un extranjero, extranjero botudo y de muy mala alma, decían las García, dos señoras que en puro chisme se les va la tarde; creerles no me costará.

Iba en tientas, el padrecito, a propagar las últimas para el arreglo del recinto. Una ceremonia que era pura, más pulcra debía de notarse por los colores, pero he de ahí cuando de bruces al suelo se fue, cuando notó que la mismísima Sarita, se hallaba boca abajo, rodeada de un buen charco de sangre.

"Es que el botudo bien que no la quería, le hizo que la virgen pidiese de su ausencia en la tierra"
"Yo oí por ahí, que le dió un buen balazo, por que no quiso darle su flor antes de tiempo"
"Pa mí que el botudo sólo la quería pa distraerse, pues que se toma, matándonos a nuestra chiquita"

Todo era una cadena de chismes y de palabras cruentas, pero nadie daba razón. Apenas cuatro cuartos de hora, y el padrecito en sí volvió. Tiróse de su biblia y saliendo con rabia en los ojos, más graznidos un cuervo no puede dar, y el padre así grito:

Ése pecador, mundano que profano el cuerpo de esta niña, encuéntrenlo o de Dios en manos de ustedes, caera justicia, limpia y buena justicia!..."

Bien me cuentan, que llegando a lo que se suponía ser la nueva casa de la pareja, estaba con las puertas a medio guante, como si la hubieran dejado abierta por un buen rato. Hasta el viento ya la azotaba contra paredes, y las cortinas, estaban puestas, como si estuvieran durmiendo y de la luz del día no quisieran ver. A cuatro pasos de la entrada, el cuerpo tirado del botudo, como vil res atropellada, con un bújero en la panza y otros cuantos en la marrana. Pareciese que le quisieran sacar la sangre por hoyitos, ya casi casi por la cabeza, le salía la moronga.

"Que se nos adelantaron, y mataron a este pinche puerco"

Decían en bola los jefes, ya bien puestos con machetes en manos, y con arta sangre caliente hasta por los ojos.

"¡Hay que quemar esta pinche casa, pa que vean que si tenemos pantalones!"

Y ya ahí iban tres morenazos botijones, con las brazas pa quemar hierbas y aventarlas pa dentro, cuando el alma en seco les hizo vuelco, y al Chava encontraran muerto. Muerto bien muerto, por que la parte de abajo de la boca, le faltaba, y un plomazo bien metido, entre los ojos del peregrino.

"Ay cabrón dios me socorra, que hay matanza en este pueblo"

Y así pasaron cinco rosarios, cuando en el sexto se apareció una muchachita. De esas que se ven bien comiditas, pero guapas guapas, hasta con rubor en las mejillas. Hasta pareciese que la hubieran hecho a mano. ¡Ay wey! Bonita la muchacha, hermano.

Pero cuando se dirije hacia la iglesia, volteando ella con desdén. Como si miedo le diera que la vieran, pero pues en el pueblo no hay así, ¿quién chingados no la iba a ver?

Postrandose en las puertas de la casa del señor,temblaban sus piernitas que descubiertas iban, pero no de frío, ya que es verano, chance y la niña, de las costas ha llegado. Pero fue bien raro, te cuento, por que entrando a los confesionarios, urgentemente habló de un muerto, y de otros dos que se le cruzaron.

Ya no supe más de ahí, puesto que se le mató solita al padrecito, ahí en el recintito de confesión, puesto que yo oí, ella, ataco vil y a traición. Era mujer del botudo, desde el otro lado había llegado. El botudo bien sabía, que estando casado, en otra muchacha se había fijado. Bien dicen por ahí, no te metas con mujeres malas, yo que sepa quedó ahí, pero las muertes, quien no las paga.

Yo me voy ya pa'l arado, por que yo no quiero ver mujeres, ya parece que en este pueblo, puros maricones viviesen.

Bienvenidos.

Como sea, tenemos muchas ganas de escribir, (algunos)... y muchas ganas de leer. Como sea, de lecturas propias o ajenas. De sátiras, ensayos o poemas.

En construcción.