Ella que era tan alegre, que se decía unos chistes re buenos, uno que otro cargadito, pero siempre con una muy buena aura. Ora, simplemente se deja frutecer con la marola del amanecer. Ya ni sé si decirle, que con es actitud, resopla agüitamiento a toda la comunidad.
Antes, hasta le bailaba en las noches a la luna, con su caudalante falda rosa, con esas tiras casi de seda que sólo ella y sus hermanas tienen, con las cuales invitan a esos pobres pecesillos, que por osados, se los llevan a un baile cruento.
Ya no es lo mismo, pareciera que ella, se quiera unir al danzón del olvido. Ni ya por las notas que genera la espuma del mar, sublimes aquellas que al regorgoteo del obraje de la arena con el mar, hacen que la melodía que hacía a la luna bailotear, hoy sólo son tristes notas.
-¿Qué tienes mi muchachita, que es lo que te bajonea?- pregúntole yo a la rosada niña.
-No es nada, es sólo que ya no siento igual.- Responde desilusionada.
-¿Pues cual es tu pesar mi niña, si todo el mundo llora por tí, el verte triste nos entristece y tus bailes queremos ver venir?
-No es quién llore, o deje de llorar por mí. Es que me falta alguien, alguien muy especial que al fin, me supo decir, que mis bailes, eran su total frenesí.
-¿Es un amor, o un amigo que en tu corazón te ha marchitado?
-Sí, es un amor, que por mi baile he declinado. ¿Sabes coralito? Me falta hasta el aire, sin ese amor volver a sentir.
Ya la niña, hasta se ve pálida, ya no sé ni qué decirle.
Me contó don Róbalo, que hace mucho por ahí, se enamoró de uno de esos grandes, que vienen con sus telares grandes para arrejuntar a mucha gente, y se los lleva hacia arriba, y de allí ya no se ve salir. Pues bueno de esos, perdió la pudicia la niña y que de ahí, ya no a vuelto estar en sí.
Días pasaron, hasta que la niña en el fondo yacía, ya inmóvil. ¡Ay de mí! De mi corazón, la dulce niña que veo morir.
-Es que fue el amor, el amor la dejó morir. - Dijo el percebe, el atún y el delfín.
-No es que haya sido el amor, si no de quién le robó el corazón. - Dijo la raya, dirigiéndose hacia mí.
-Nada de eso, si no que hay carencia de este amor, que hasta la muerte nos deja ir. Así como en la época en cuando bailábamos a la luna- decía el manatí- aquella que hasta el aire se nos hacía vida y que las burbujas parecían rubíes. Hoy ya no es nada, por que los de arriba, le quitaron a su amor, así como algún día, nos quitarán a alguno de los dos - mirando a su mujer- y así a la niña, a su compañero le quitó.
Hay carencia digo yo, de esta clase de amores hoy en día, que el morir por el mismo amor, ni pecado ni acto de locura. Al contrario, es nobleza, que pocos en su corazón ocultan.

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